Ya estamos. Nada por hacer. La fecha se me impone. Increíble que hace unas semanas lo único que quería como regalo de cumpleaños era abrir la puerta de casa y que él estuviera ahí. Semanas, forma convencional de medir el tiempo. Pero, ¿qué es el tiempo? ¿quién controla el tiempo? ¿quién decide cuándo es tarde o cuándo es temprano? Los momentos no se miden; se sienten, se disfrutan, se viven. Momentos. Buenos, malos, pasados, presentes. Una ola de recuerdos me inunda. No puede ser que las cosas cambien tan rápido. No puede ser que ayer las cosas eran de una manera, y hoy... ¿Hoy? Hoy vacío, angustia. Es angustia que se siente en los huesos, en los músculos, en cada extensión del cuerpo. Esa angustia que te hace sentir ajena al mundo en que vivís. Que te hace sentir que estás sin estar, que ves sin mirar, que oís sin escuchar. Al margen de la realidad objetiva. Mientras las personas creen vivir el día a día, vos te quedás anclada en el pasado. En ese pasado que no te quiere soltar. O, tal vez, sos vos la que no quiere soltarlo. Por miedo, tristeza, añoranza. Preferís sonreirle a los recuerdos. Abrazarte a esos momentos que te hicieron tan felíz mientras evitabas abrir los ojos. Para no desilusionarte, para no dejar de soñar. Y aguantaste. Te creaste ese cuento de hadas que te mantenía viva. Pero los cuentos de hadas quedan en los libros. ¿Y vos? Frente a frente con aquello que evitaste tanto tiempo. Lo que no querías ver, lo que no querías creer, lo que no querías escuchar. Y tuviste que crecer, madurar, seguir. Y acá estás, frente a una computadora tratando de poner palabras dónde sólo hay silencio, dónde ni siquiera vos estás segura de lo que sentís y pensás. Porque todo lo que llevás adentro es un torbellino de emociones que no te dejan en paz. Que no te hacen dar cuenta de lo rápido que pasan el tiempo y los momentos. Y cuándo te querés dar cuenta estás otra vez cerca de la fecha de tu cumpleaños. Un cumpleaños distinto, como todos supongo. Un cumpleaños con saludos que no van a llegar, con otros en los que se cruzarán nuevamente tus emociones sin saber si reír o llorar. A cada instante sentís esa necesidad de cerrar etapas, pero, como ahora mismo me pasa, sabes que quedan cosas, que siempre van a quedar cosas. Cosas por decir, por hacer, por vivir. Y seguís luchando por eso. IDEALISTA! Supongo que eso es lo que te mantiene, lo que te hace seguir. Saber que tenes ideales, sueños y cosas por cumplir. Y seguís. Y no tenés ganas de caerte, aunque te cuesta muchísimo mantenerte en pié. Nuevamente repetís la historia. Aunque parezca la historia de nunca acabar, este final repetido te duele como nunca. Porque nunca te sentiste tan sóla. Porque nunca se te fueron tantas cosas juntas. Tantas cosas que te sostenían y se fueron yendo. Supongo que buscando esos sueños que vos también pretendés seguir. Y no podés ser tan egoísta. No podés pretender que ellos sigan ahí. ¿O si? ¿Tan egoísta es querer que no se termine nunca? Hay cosas externas a vos. Externas. Están ahí y no podés hacer nada para cambiarlas, una vez que dejaste todo por ellas. Otra vez, seguís. Con la esperanza de que todo sea un mal sueño, y de que en algún momento te despiertes. O con la esperanza de que, por lo menos, no te duela. De seguir, como tantos lo hacen. Y con este maremoto llega ese momento en el que todos te saludan, te desean lo mejor; mientras vos fingís una sonrisa y seguís adelante... Hasta que te acordás que vos fuiste la primera en predicar el "Carpe Diem" y en ese momento las esperanzas vuelven. Ese "Nunca se va acabar" reaparece y tus ojos se abren y ves lo lindo de la vida. Respirás, como si fuese la primera vez que lo hacés y te aferrás a tus sueños con más fuerza que nunca.
Misión cumplida.