sábado, 7 de noviembre de 2009

Pero era demasiado pronto para olvidar.
¿Qué podías olvidar?
¿Qué podían olvidar tus veinte años que todavía no conocían el recuerdo?
Reías.
Reías fuerte, olvidándote, por un instante fugaz, del miedo.
Porque a los veinte años no se saben muchas cosas y entonces se inventan, se imaginan.
Es fatigoso inventar.
Duele.
Y da miedo.
Se mira la vida detrás de un vidrio.
Afuera llueve o sale el sol.
Y uno no se atreve del todo a lanzarse afuera.
A arriesgar la piel y los ojos al resplandor o a la sombra.
Uno no sabe si el aire lastima la carne.
Uno no sabe si el sol tiene espinas.
Uno no sabe.
Tu no sabias
.
Garabateabas palabras con la boca apretada al viento.
Te trepabas a las estrellas colgándote de la lluvia.